
Si observas bien una amapola, ella te enseñará no solamente la firmeza de su tallo, sino también una cierta flexibilidad bajo las inspiraciones del viento y una gran humildad..."
En efecto, la enseñanza de la amapola está también en su fugacidad, su fragilidad.
Es necesario aprender a florecer, pero también a marchitarse.
la amapola nos enseña la fragilidad del tiempo: meditar es conocer lo Eterno en la fugacidad del instante, un instante recto, bien orientado. Es florecer en el tiempo que nos es dado para florecer, amar en el tiempo que nos es dado para amar, gratuitamente, sin por qué... Aprendiendo así a meditar "sin intención ni provecho", por el único placer de ser, y de amar la luz.
"El amor encuentra en sí mismo su recompensa"
dice San Bernardo:
"La rosa florece porque florece, sin preguntas"
Es todo el universo el que medita en mí.
Como la amapola, Podría enrojecer de alegría el instante que dura mi vida... "